BLOG / UN JUEGO INVENTADO

La fiesta más rara de la noche puede empezar en la sobremesa

Un juego de conversación para inventar una fiesta imposible sin preparación ni obligación de contar nada personal.

Tarjetas y objetos de juego ilustrados sobre una mesa

Una discoteca dentro de una lavandería. El DJ solo acepta peticiones escritas en etiquetas de ropa y, cuando alguien pierde un calcetín, cambia la música.

Yo a esa fiesta le dedicaría, como mínimo, unas cuantas preguntas. Quién guarda los abrigos, por ejemplo. O qué pasa cuando termina el centrifugado.

La escena es inventada, claro. Y ahí está la gracia de este juego: montar entre varias personas una fiesta que no podría existir, añadirle detalles cada vez más raros y ver en qué acaba. Todo desde la mesa, sin preparar pruebas, aprenderse un personaje ni tener que contar algo personal.

Me apetece más una propuesta así que ese momento en el que alguien anuncia que vamos a hacer una actividad y parece que ya no puedes escaparte. Aquí basta con preguntar si os hace gracia inventar un sitio entre todos. Probáis una vuelta. Si sale conversación, seguís. Si no, todavía queda la sobremesa.

Una fiesta, tres decisiones y ningún preparativo especial

Para empezar, elegiría tres cosas: dónde ocurre la fiesta, qué regla extraña tiene y qué detalle la hace reconocible. Se pueden apuntar en un papel, aunque también vale decirlas en voz alta y que alguien recuerde la combinación.

El lugar puede ser cotidiano. Una biblioteca, una tienda de lámparas, una estación de autobuses. A mí me resulta más divertido empezar por algo que puedo imaginar y torcerlo un poco que intentar inventar un universo entero desde cero.

Después llega la regla. En esa fiesta solo se baila cuando el reloj marca una hora que no existe. O todas las canciones tienen que empezar por el último sonido de la anterior. O el escenario cambia de sitio cada vez que alguien aplaude.

Por último, un detalle pequeño. Las entradas son servilletas dobladas. El guardarropa devuelve los abrigos con nombres nuevos. Hay una bola de espejos que gira en sentido contrario cuando se aburre.

No hace falta que las tres ideas encajen de primeras. Precisamente jugaría a encontrarles una explicación.

Imagina esta combinación:

Lugar: un supermercado que abre únicamente de noche.

Regla: cada pasillo tiene una canción distinta.

Detalle: los carritos se empeñan en ir hacia su música favorita.

Ya tenemos algo con lo que empezar. Una persona podría contar que el pasillo de las conservas tiene el mejor sonido. Otra, que los carritos pequeños solo escuchan canciones de menos de dos minutos. Una tercera podría preguntar quién decide la música de los congelados.

Para la primera vuelta acordaría un orden sencillo, por ejemplo alrededor de la mesa. Cada persona añade una frase o pasa. Al terminar, decidís si queréis otra ronda. Así nadie tiene que adivinar cuánto va a durar aquello.

El detalle pequeño suele dar más juego que la gran ocurrencia

Mi parte favorita de la idea está en hacer preguntas que normalmente serían bastante aburridas. Dónde está la puerta. Qué pone en el cartel. Cómo sabe alguien que la fiesta ha terminado.

En un sitio inventado, esas preguntas pueden llevar a cualquier parte.

Si la fiesta ocurre dentro de un ascensor, me interesa saber qué sucede cuando alguien pulsa la planta baja. Quizá cambia el género musical. Quizá se abre la puerta a otra fiesta que estaba pasando al mismo tiempo. O quizá aparece una vecina ficticia que solo quiere bajar la basura y termina encargándose de las luces.

No hace falta responder a todo. Elegiría una de esas posibilidades y dejaría que la siguiente persona la continuara.

También me gusta dar importancia a objetos que normalmente pasarían desapercibidos. Una silla reservada para alguien que nunca llega. Un ventilador que solo funciona con canciones lentas. Un sello de entrada que cambia de dibujo según lo que estás escuchando.

Son cosas concretas. Puedes imaginarlas sin tener que explicar durante cinco minutos cómo funciona ese mundo.

Si alguien se queda en blanco, ofrecería dos opciones: “¿La puerta se abre con una canción o con una contraseña?”. Elegir una ya es participar. No hace falta convertir cada turno en una prueba de originalidad.

Y tampoco corregiría una idea porque parezca demasiado sencilla. Si alguien dice que en la fiesta hay una mesa de bocadillos, estupendo. Ya averiguaremos después por qué todos llevan el nombre de un baile.

Lo único que intentaría evitar es borrar continuamente lo anterior. Si otra persona ha inventado una terraza diminuta, prefiero añadirle algo a esa terraza que responder que no, que mejor un estadio. Así podemos seguir una misma escena sin empezar de nuevo en cada turno.

Una ronda podría acabar perfectamente así

Para ver cómo funcionaría, imaginemos que cuatro personas han elegido una estación de tren abandonada, una fiesta sin relojes y un altavoz escondido en una máquina de café.

La primera dice:

“Cada vez que alguien pide un café, suena una canción que todavía no se ha compuesto”.

La segunda añade:

“Por eso hay una persona apuntando los títulos en los billetes, para poder reconocerlas cuando existan”.

La tercera prefiere pasar. Sigue escuchando y el turno continúa, sin hacer una pausa para preguntarle por qué.

La cuarta propone:

“En el andén dos están bailando los músicos del futuro, que han venido a comprobar si sus canciones gustan”.

Con eso ya hay bastante. Podemos quedarnos en la imagen o hacer otra vuelta para descubrir qué ocurre cuando la máquina se queda sin café.

Yo seguramente tiraría por una solución muy poco tecnológica: alguien aparece con un termo. Pero el termo solo reproduce canciones que recuerdas a medias, así que todo el mundo tiene que tararear el trozo que falta.

Otra persona podría preferir que la música siguiera sonando sola. O que llegara un tren lleno de cucharillas. Cualquiera de esas salidas puede servir si al grupo le apetece seguirla.

No habría una respuesta escondida que descubrir ni una historia correcta que completar. Tampoco hace falta decidir quién ha dicho la frase más graciosa. Me interesa más ver qué termina existiendo entre todas las aportaciones.

Si aparece una contradicción, se puede dejar pasar o resolver con una pregunta. Quizá antes dijimos que no había relojes y ahora alguien menciona las doce. Pues a lo mejor en esa estación las horas se anuncian con carteles. O son las doce porque lo acaba de decidir quien lleva el termo.

La escena no necesita quedar perfecta para que merezca la pena continuarla.

Cuando apetece cambiar, cambiaría una sola cosa

Si la primera fiesta ya ha dado bastante de sí, no empezaría necesariamente otra desde cero. Probaría a modificar un elemento y conservar el resto.

La discoteca de la lavandería, por ejemplo, podría tener que celebrar una sesión completamente silenciosa. ¿Cómo se enteran las lavadoras de que ha llegado el estribillo? ¿Qué hace el DJ con las etiquetas? ¿La gente baila mirando el movimiento de la ropa?

Otra posibilidad sería cambiar de tamaño. El supermercado nocturno cabe ahora dentro de una caja de zapatos. Los carritos siguen teniendo preferencias musicales, pero alguien tiene que acercar la oreja para escuchar lo que ocurre en el pasillo de los cereales.

También podéis inventar el cartel de la fiesta. Un nombre, una frase que dé curiosidad y un detalle visual. A mí me haría gracia encontrar uno que dijera “Último centrifugado” y debajo, en letra pequeña, “No nos hacemos responsables de los calcetines que cambien de pareja”.

Todo eso pertenece a la ficción. No hace falta ponerse a diseñarlo de verdad ni buscar imágenes. Una descripción, un garabato o una frase bastan.

Si el grupo prefiere escribir, cada persona puede preparar una aportación y leerla cuando le toque. Si alguien disfruta dibujando, puede enseñar un objeto de la fiesta para que los demás imaginen qué hace. Lo acordaría antes de empezar la nueva vuelta, para que todo el mundo sepa cómo seguir.

Lo que no haría es añadir reglas cada vez que alguien encuentra una solución fácil. Si acabamos de decidir que las canciones abren puertas, dejemos que abran puertas un rato. Parte de la diversión está en explorar una idea, no en ponerle obstáculos continuamente.

No hace falta convertir la sobremesa en una sesión eterna

Una ronda puede terminar con una frase bastante normal. La estación vuelve a quedarse vacía. El supermercado abre por la mañana. Alguien encuentra el calcetín y se acaba la música.

Me gusta acordar una última vuelta cuando todavía apetece escuchar a los demás. Cada persona añade un detalle de cierre, o pasa, y la fiesta queda como haya quedado. No necesitamos reservar el final para quien tenga la ocurrencia más brillante.

Tampoco usaría los personajes para hacer bromas sobre alguien de la mesa. Si la idea es inventar, tenemos todo un mundo disponible. No hace falta convertir a una persona real en el portero antipático o en quien siempre estropea el plan.

Y si alguien se levanta, prefiere mirar o ya no tiene ganas, la historia puede seguir sin ponerlo en el centro de la conversación. Entrar y salir de una propuesta pequeña debería ser igual de sencillo que sumarse a cualquier charla de sobremesa.

Puede que estéis preparando una escapada y alguien tenga Clubtickets abierto para mirar una noche en Ibiza. Esa puede ser la excusa para empezar a imaginar vuestro local imposible, aunque lo que salga en el papel no se parezca en nada al plan que acabéis eligiendo.

A mí me hace gracia esa posibilidad: que una conversación sobre dónde salir se desvíe y, diez minutos después, estéis discutiendo quién debería poner música en el departamento de congelados.

Si queréis guardar una frase o el dibujo del cartel, lo preguntáis y listo. También puede quedarse allí, entre los vasos y los papeles. No todo lo que hace gracia necesita acabar en una foto.

Yo empezaría por la lavandería. Todavía quiero saber qué canción pone cuando alguien mezcla una camisa roja con toda la ropa blanca.